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5. Comprometidos con nuestra existencia: notas y consideraciones

El concepto de moralidad y ética en el ser humano se asienta en la base de la convivencia social y cultural, representando un sistema de normas que rigen nuestras acciones y decisiones. Este tema ha sido objeto de reflexión desde tiempos inmemoriales, permeado por una serie de creencias, tradiciones y experiencias humanas acumuladas a lo largo del tiempo.

Desde el siglo V a.C., la filosofía griega ya se ocupaba del análisis ético. Platón, en su obra “La República”, postula que la justicia no es más que hacer aquello que beneficie al individuo y dañar al que nos perjudica. Esto representa un principio fundamental de moralidad que ha influido en numerosas culturas a lo largo del tiempo. Aristóteles, por su parte, propuso el concepto del “buen hombre medio”, una combinación equilibrada entre la moderación y la exageración.

En tiempos romanos, Marco Aurelio en sus Meditaciones escribió sobre las leyes eternas que existen independientemente de las leyes humanas, reflejando ideas de moralidad universal. Esta perspectiva se mantuvo vigente a través del tiempo y tuvo un impacto significativo en el desarrollo del cristianismo.

Durante la Edad Media, la ética y la moralidad se basaban en las enseñanzas religiosas y teológicas. Santo Tomás de Aquino, en su “Summa Theologica”, sintetizó las enseñanzas de Aristóteles con los principios cristianos, creando una visión integrada del mundo que influyó enormemente en el pensamiento occidental durante siglos.

La Ilustración y la Revolución Industrial trajo consigo cambios significativos. Filósofos como Immanuel Kant propusieron un nuevo marco ético basado en deberes universales, independientes de las consecuencias. En su obra “Fundamento de la metafísica de las costumbres”, Kant presenta su famosa cuestión: ¿qué deberíamos hacer siempre? Esto llevó a la conceptualización del deber ético como una responsabilidad intrínseca y no meramente instrumental.

El siglo XX fue testigo de un giro en el pensamiento ético. Filósofos como Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir exploraron la libertad individual frente a las leyes morales establecidas, reflejando un cambio hacia una mayor reflexión sobre el egoismo personal y la autonomía. El concepto de ética aplicada emergió para abordar problemas concretos de la vida real, como los dilemas médicos y profesionales.

En nuestros días, la moralidad y la ética continúan evolucionando en un contexto globalizado. Las tecnologías emergentes han planteado nuevas cuestiones morales que redefinen lo que consideramos correcto o incorrecto. La bioética, por ejemplo, se ha convertido en un campo importante para discutir temas como la manipulación genética y la ética de las redes sociales.

Desde una perspectiva cultural, es fundamental reconocer cómo el contexto histórico influye en nuestra comprensión personal de lo que es correcto. Por ejemplo, en sociedades tradicionalmente colectivistas como China, la importancia del bienestar grupal a menudo supera el bienestar individual; mientras que en culturas más individualistas, como Estados Unidos o Occidente, las normas éticas tienden a ser más flexibles y centradas en los derechos individuales.

La moralidad y la ética también reflejan nuestra capacidad para reflexionar sobre nuestro comportamiento. Por ejemplo, el concepto de responsabilidad social corporativa (RSC) se ha vuelto crucial para las empresas modernas, que deben considerar no solo sus beneficios económicos sino también sus impactos sociales y ambientales.

Considerando lo anterior, la moralidad y la ética no son solo cuestiones abstractas. Están intrínsecamente relacionadas con nuestras vidas cotidianas, nuestras decisiones personales y profesionales, así como con las instituciones y políticas que rigen nuestra sociedad. La ética nos obliga a hacer preguntas difíciles sobre lo que es correcto y malo en nuestro comportamiento.

Por último, la moralidad y la ética también son aspectos críticos para la paz social y el bienestar de la humanidad. Los principios éticos pueden ayudar a mitigar conflictos y promover relaciones armoniosas entre individuos, comunidades e incluso naciones. El reconocimiento de los derechos humanos universales, como se plasmó en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, es un ejemplo tangible de cómo las normas éticas pueden ser instrumentos potentes para promover la justicia y la equidad global.

En resumen, la moralidad y la ética son fundamentales para nuestra existencia humana en el sentido más profundo. No solo nos guían a través del comportamiento diario, sino que también nos obligan a reflexionar sobre quiénes somos como seres humanos y cómo queremos vivir juntos en este mundo complejo e interconectado.

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