El primer paso en este proceso se da cuando los niños aún son bebés. Durante el primer año de vida, las madres o cuidadoras comienzan a modelar comportamientos compartidos con sus hijos. Por ejemplo, durante una comida familiar, pueden ofrecer un trozo de fruta a su hijo mientras se aseguran de compartir también con otras personas presentes. Este simple acto permite que el niño intuya la idea de “para ti y para mí”. En estos momentos iniciales, el compartir no es un gesto consciente del niño, sino una observación y copia de lo que ve.
Con el paso del tiempo, a medida que los niños crecen y entran en periodos más interactivos con otros niños y adultos, comienzan a comprender mejor la importancia del compartir. A las edades entre 2 y 4 años, es común observar situaciones donde un niño intenta compartir un objeto, pero puede no saber cómo hacerlo correctamente. Por ejemplo, en una situación en que dos niños quieren jugar con el mismo juguete, uno de los niños puede ofrecer un trozo del juguete a su compañero, lo cual es una manifestación temprana y imperfecta del concepto de compartir.
Este mecanismo se refuerza mediante experiencias cotidianas. Los maestros en jardines de infantes y las madres en casa pueden fomentar estas interacciones compartiendo objetos o alimentos entre los niños, lo que les da una idea de cómo funciona este concepto socialmente. Es importante mencionar aquí el papel del entorno y la experiencia temprana, ya que estas son esenciales para que los niños se acostumbren a compartir.
A medida que crecen, a partir de 5 años en adelante, los niños comienzan a comprender mejor el concepto de turnos. Esto puede verse reflejado en juegos en grupo donde cada uno tiene su turno para participar o en situaciones sociales más complejas como compartir un dulce entre amigos. El proceso de aprendizaje de estas habilidades sociales no es lineal; hay momentos en que los niños pueden regresar a comportamientos menos cooperativos, pero con el tiempo y la repetición de experiencias compartidas, se vuelven más competentes socialmente.
Un ejemplo cotidiano de este mecanismo puede verse cuando los padres organizan actividades en las que los niños deben compartir. Por ejemplo, durante las fiestas de cumpleaños, a menudo se prepara un bocadillo para cada invitado, y si hay sobras, se invita a todos a compartirlas. Este tipo de actividad puede ser especialmente efectiva ya que proporciona una situación real en la que los niños deben practicar el arte del compartir.
El proceso de aprendizaje de la capacidad de compartir no solo depende de las experiencias directas, sino también de la observación y la imitación. Los niños pueden aprender a través de modelos positivos en sus entornos, ya sea en casa o en el entorno escolar. Por ejemplo, si un hermano mayor comparte sus juguetes con su hermanito más pequeño, esto puede inspirar al niño menor a emular ese comportamiento.
En resumen, la capacidad de compartir es un mecanismo social complejo que se desarrolla gradualmente en los niños. Comienza como una observación pasiva y progresa hacia acciones proactivas y comprensivas del significado del compartir. Este proceso no solo mejora las habilidades sociales del niño sino que también fomenta la empatía y la cooperación, preparándolo para el mundo social más amplio en el futuro. Es un aspecto crucial de la formación del individuo socialmente competente y es influenciado tanto por experiencias directas como indirectas, lo que demuestra la importancia de una atención cuidadosa a este proceso desde temprana edad.
Referencias breves: En general, los psicólogos sociales han observado que el compartir en contextos tempranos tiene un papel crucial en el desarrollo social del niño. Este esfuerzo conjunto para comprender y practicar la cooperación a través de la acción compartida, ayuda a formar una base sólida para habilidades sociales más complejas (Cassidy & Shaver, 1999).
Este articulo forma parte de una reflexión más amplia sobre Desarrollo Infantil: Cómo se Forma la Personalidad y el Carácter Desde la Infancia.



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