La capacidad del niño para expresar su voluntad y controlar sus acciones, conocida como dominio propio, juega un papel crucial en el desarrollo de un carácter robusto. Este concepto se refiere a la capacidad del individuo para realizar acciones alineadas con su propia voluntad, sin necesidad de constante supervisión externa (Gesell, 1925). En los primeros años de vida, el dominio propio emerge como una habilidad que interacciona de manera compleja con el entorno y las experiencias tempranas del niño. Este mecanismo, a través de la interacción constante entre el sujeto y el ambiente, se transforma en un pilar fundamental para la formación del carácter infantil.
El dominio propio comienza a desarrollarse desde los primeros meses de vida, cuando el recién nacido empieza a discernir entre sus necesidades y las respuestas que recibe del entorno (Berger, 2015). En esta etapa inicial, la regulación emocional y la comunicación con otros son fundamentales. Por ejemplo, un bebé que aprende a llamar la atención de los padres mediante una sonrisa o un gesto, comienza a internalizar el concepto de control personal sobre su entorno, aunque aún requiere de la intervención directa de los adultos.
En la etapa preescolar, se incrementa la autonomía del niño. El dominio propio se fortalece cuando el pequeño tiene oportunidades de tomar decisiones dentro de un marco seguro y establecido por sus cuidadores (Harter, 1985). Por ejemplo, permitir que el niño decida qué juguetes utilizar o en qué orden vender sus dibujos, le permite experimentar la consecuencia de sus elecciones. Estas experiencias fomentan un sentido de control sobre su vida y ayudan a formar una autoestima saludable.
Un aspecto crucial del dominio propio es su interacción con el ambiente social. Los niños que tienen oportunidades para interactuar en grupos, como en el jardín de infantes, aprenden a regular sus emociones y acciones en función del contexto (Denham et al., 1990). Por ejemplo, cuando un niño participa en un juego cooperativo donde necesita esperar su turno o resolver conflictos, se fortalece su capacidad para hacer cosas por sí mismo. Este mecanismo no solo mejora su capacidad de autocontrol sino que también refuerza la comprensión del concepto de reglas y normas sociales.
En el desarrollo infantil, las experiencias tempranas tienen un impacto significativo en la formación del dominio propio. El estilo parental es uno de los factores más influyentes. Los padres que fomentan el respeto mutuo, permiten experimentar pequeñas consecuencias y ofrecen oportunidades para tomar decisiones son más propensos a criar niños con un fuerte dominio propio (Baumrind, 1967). Por ejemplo, un niño cuyo padre permite que decida qué actividades realizar durante el tiempo libre, aunque le aconseja sobre las opciones, aprenderá a tomar decisiones en base a su propia voluntad.
El entorno escolar también desempeña un papel crucial. Los maestros y los compañeros de juegos proporcionan una serie de oportunidades para que el niño aprenda a regular su comportamiento según las normas sociales establecidas (Pianta, 2013). Por ejemplo, en una situación donde un grupo de niños compite en un juego, aquellos que pueden resistir la tentación de violar las reglas y buscar un equilibrio justo entre el éxito individual y colectivo, están fortaleciendo su dominio propio.
El dominio propio no se desarrolla de manera uniforme. Varias variables como el ambiente familiar, la interacción con los compañeros y la estructura escolar pueden influir en este proceso (Ladd et al., 2014). Por ejemplo, un niño que vive en una familia que valora el respeto por las reglas y fomenta la toma de decisiones independientes, probablemente mostrará un dominio propio más desarrollado. Este niño puede enfrentarse con desafíos externos de manera más efectiva gracias a su capacidad para manejar sus emociones y acciones.
En conclusión, el dominio propio en la infancia es un proceso evolutivo que interacciona de manera compleja con el entorno y las experiencias tempranas. Este mecanismo permite al niño experimentar la consecuencia de sus acciones, fomenta la toma de decisiones independientes y mejora su capacidad para regular su comportamiento en función del contexto social. A través de este proceso, se construye una base sólida para el desarrollo de un carácter firme, respetuoso y autoconfiado. La comprensión de cómo el dominio propio emerge y se fortalece puede ayudar a padres y educadores a proporcionar entornos que favorezcan su desarrollo, preparando así a los niños para enfrentar desafíos futuros con autodeterminación y confianza en sí mismos.
El dominio propio también está estrechamente relacionado con el desarrollo cognitivo del niño. A medida que mejora su capacidad para controlar sus emociones y acciones, el niño adquiere mayor flexibilidad mental para abordar problemas complejos (Kopp & Kuczynski, 1983). Por ejemplo, un niño que aprende a regular su ira puede enfocarse mejor en tareas académicas, lo cual facilita su proceso de aprendizaje. Este equilibrio emocional y cognitivo no solo beneficia directamente al desarrollo escolar sino también promueve una mayor resiliencia frente a los desafíos futuros.
El dominio propio y la autoeficacia son dos conceptos interrelacionados en el desarrollo psicosocial del niño. La autoeficacia, definida como la creencia en uno mismo para lograr un objetivo (Bandura, 1977), se fortalece cuando un niño experimenta regularmente éxito al tomar decisiones y resolver problemas de manera independiente. Un niño que ha aprendido a gestionar sus emociones y acciones puede desarrollar una confianza en sí mismo que le permitirá enfrentar desafíos con mayor seguridad.
El desarrollo del dominio propio también juega un papel crucial en la formación de relaciones interpersonales saludables. Los niños que tienen una sólida autoestima y control sobre sus emociones tienden a interactuar mejor con otros, lo cual mejora su capacidad para establecer y mantener relaciones (Steinberg, 2013). Por ejemplo, un niño que puede expresar sus sentimientos de manera apropiada en una situación conflictiva es más propenso a resolver problemas sociales de manera efectiva.
Además del desarrollo individual, el dominio propio también tiene implicaciones para la sociedad. Un individuo con un fuerte dominio propio tiende a ser un miembro productivo y colaborativo de la comunidad (Turiel et al., 2018). Estas personas son capaces de seguir reglas y normas sociales, lo cual es fundamental en el funcionamiento armonioso de las sociedades. Además, este dominio propio puede influir en el desarrollo del carácter colectivo, promoviendo valores como la responsabilidad y la cooperación.
Finalmente, aunque los primeros años son críticos para el desarrollo del dominio propio, este proceso se extiende a lo largo de toda la vida. Los estudios muestran que individuos que han desarrollado un fuerte dominio propio en su infancia tienden a mantener este carácter fuerte y adaptativo a medida que maduran (Dunn & Plomin, 1990). Este desarrollo continuo sugiere que los padres y educadores deben apoyar activamente el crecimiento del dominio propio durante la infancia, ya que estos principios se fortalecen con el tiempo.





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