El concepto de soberanía en la modernidad representa un cuestionamiento crucial sobre las bases políticas y legales de los Estados nacionales. Este tema se convirtió en el corazón de numerosas discusiones filosóficas, especialmente durante el siglo XVII con Thomas Hobbes y su obra “El leviatán” (1651). La soberanía se refiere a la autoridad suprema e intransferible que reside en una entidad política para gobernar sin restricciones. Sin embargo, esta noción experimentó un profundo desafío con el surgimiento del contrapensamiento liberal y, posteriormente, con las ideas ilustradas sobre derechos humanos.
Thomas Hobbes fue uno de los primeros filósofos en desarrollar una teoría sistémica de la soberanía absoluta. En “El leviatán”, Hobbes argumentaba que el estado de naturaleza es un escenario de anarquía y conflictividad perpetua, donde la vida humana es “solitaria, pobre, ciosa, bestial e breve” (Hobbes, 1651). Según Hobbes, la solución a esta trágica condición era crear un poder supremo, el leviatán, que poseería el monopolio de la fuerza y la violencia. Esta entidad centralizada tendría el derecho exclusivo para establecer y mantener las leyes del país, asegurando así una paz social. La soberanía absoluta de este leviatán era indivisible e intransferible; cualquier intento de limitarla o desafiarla sería considerado rebelión.
El argumento central aquí es que la soberanía absoluta es necesaria para establecer y mantener la paz social en el estado de naturaleza. La razón por la que Hobbes propone este sistema esencialmente totalitario es porque ve una necesidad ineludible de un control estatal cohesivo sobre los ciudadanos. El centralismo absoluto del leviatán garantiza, según él, la seguridad y el bienestar general.
Sin embargo, el contrapensamiento liberal desafió esta visión absolutista. John Locke, en su obra “Tercer tratado de la razón humana” (1689), propone un argumento filosófico que critica severamente a Hobbes. Para Locke, la soberanía no reside exclusivamente en el Estado, sino que pertenece a los individuos y se limita por los derechos naturales inalienables de estos. En su visión, el contrato social es un acuerdo entre los ciudadanos para ceder ciertas facultades al estado, pero siempre con el fin de proteger sus derechos fundamentales.
El argumento de Locke puede ser reconstruido así:
1. Premisa central: Los individuos poseen derechos naturales inalienables.
2. Razón: Estos derechos incluyen la vida, la libertad y la propiedad.
3. Conclusión: El gobierno debe proteger estos derechos para que sean efectivos.
Locke argumenta que si un Estado no cumple con esta obligación, los ciudadanos tienen el derecho de resistir y reformar su sistema político. Esta perspectiva liberal sobre soberanía introduce una noción fundamentalmente diferente: la soberanía reside en los ciudadanos y se delega temporal e incidentalmente al gobierno. Este cambio conceptual alteró profundamente las discusiones posteriores sobre soberanía, dando lugar a un mayor énfasis en el consentimiento del gobernado.
La reformulación de Locke fue crucial para el desarrollo posterior del pensamiento político moderno. Su argumento subraya la importancia del contrato social y el papel limitado pero vital del Estado en la protección de los derechos individuales. Este cambio de paradigma significó que la soberanía no podía ser absoluta o centralizada, sino que debía ser compartida y respetar ciertos límites.
En resumen, la conceptualización de la soberanía en la modernidad se ha visto profundamente influida por el debate entre Hobbes y Locke. Mientras que Hobbes estableció una visión absolutista del poder estatal, Locke reformuló esta idea al centrarse en los derechos individuales y su papel en la legitimación política. Esta controversia no solo cambió las bases teóricas de la soberanía, sino que también sentó las premisas para el pensamiento liberal moderno y las discusiones contemporáneas sobre democracia y gobernanza.
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– John Locke — Empirismo
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